Hal se encontraba de pie frente al frío y oscuro abismo de la eterna soledad. Hal, y sólo Hal, pues su propio nombre hacía ya siglos que había sido olvidado y enterrado. Taciturno y con rostro sombrío, como no podía ser de otra forma ante tales circunstancias, llevaba horas sentado en aquel, su risco preferido para los fríos anocheceres. El silencio era absoluto y aplastante, así como lo sería la oscuridad en pocos minutos. Se sabía completamente sólo en aquel su planeta, y sin embargo, el miedo había desaparecido hacía ya muchos años de su pecho.

Allí, en el último confín del Universo profundo, Hal contemplaba con una mezcolanza de curiosidad e incertidumbre, los últimos coletazos de vida de la última estrella del Universo. Tras haberse ido apagando uno a uno todos y cada uno de los soles de los distintos sistemas planetarios de las distintas galaxias, de todos y cada uno de los cúmulos de galaxias, tal y como ya predijeron hace miles de millones de años los primeros seres inteligentes de una pequeña Galaxia espiral, llamada Vía Láctea. Quizás, de alguna manera, Hal poseía algún tipo de vínculo con aquellos primeros colonos Interestelares; sin embargo qué importaba ya eso, él nunca lo sabría; es más, ya nunca nadie lo sabría. La vida en este ciclo cosmológico concluiría pronto, cuando la mecha de su última estrella se consumiese. Pocos siglos después de la muerte de esta enana roja, la vida del último ser vivo hiperinteligente, Hal, se apagaría con ella. Y tras la muerte de Hal, no quedaría ningún tipo de vida ultra evolucionada en el Cosmos. Él era muy consciente de su propia extinción, pues los últimos 100 millones de años este había sido el único propósito de los Oscuros, encontrar vida en la más absoluta, densa y aplastante oscuridad de éste nuevo Universo sin estrellas. Los Oscuros, última raza inteligente que supo adaptarse a través de los siglos a la creciente oscuridad del Universo, fueron los únicos que supieron extraer su energía vital, de algo más que de sus estrellas cercanas. Sin embargo, no fue suficiente, y esta raza también se fue consumiendo con el paso del tiempo.

Hal observaba con orgullo y responsabilidad, los que eran los últimos rayos de luz estelar de todo el Universo. No era una luz como la que contaban las viejas leyendas: amarilla, cálida y brillante. Ésta, era por el contrario rojiza, tenue y fría; pero era la única que había conocido, y por tanto la amaba como a nada. Como Ingeniero Interestelar, había visto morir 3 estrellas, lo cual era mucho para alguien con tan sólo 8 siglos de vida. Sin embargo, sí que había visto morir a muchos compañeros. Los escasos seres vivos que aún vivían cuando nació, se fueron extinguiendo poco a poco. No se puede decir que Hal tuviese amigos, pues en el fondo todos le odiaban de una forma o de otra.

Su madre, la última hembra de la raza, gravemente enferma, y él, Hal, se convirtieron en la última esperanza para la supervivencia de la especie, y en última instancia, de la vida en el Universo. Sin embargo Hal nació macho, la madre murió en el parto, y con ella toda la esperanza de los Oscuros. A pesar del alto nivel de desarrollo tecnológico de los Oscuros, su principal foco de acción fue siempre el viaje interestelar e intergaláctico, en su obsesiva búsqueda de otras formas de vida oscura. Es por esto, que descuidaron y abandonaron al olvido de los eones, el otrora arte de la Ingeniería Genética y la Clonación, con el que muchas otras razas del Universo, florecieron y sobrevivieron durante miles de siglos, rozando los límites de la perfección inteligente. Sin embargo, esto eran también leyendas. Y en tiempos oscuros las leyendas se convierten en quimeras. Y nada de eso importaba ya. El fin último absoluto e ineludible, era cuestión de tiempo. El tiempo, ese gran aliado de la vida durante millones de años, se tornaba ahora traicionero y sombrío.

Por supuesto Hal no vería el fin último de todo. El último segundo de este ciclo cosmológico que había durado miles de eones. Nadie lo vería. Al menos nadie de este Universo. Así como es imposible ver cómo se apaga una vela, si formas parte de ella; tal y como no puede verse cómo se evapora la última gota de agua de un océano si se es parte de éste; de la misma manera, Hal no vería el fin del Universo formando parte de él.

Pero su estrella se apagaría pronto, y con ella la última luz del antes, mucho antes, iluminado y colorido Cosmos. Una luz, sin embargo, que aún después de extinguida su estrella, viajaría miles de millones de años en todas direcciones hacia los confines infinitos. Tras esto, al Universo no le quedará otra tarea que esperar y esperar hasta que todo se disperse tanto en el espacio y en el tiempo, que cada planeta, estrella negra o mota de polvo interestelar, no recuerde jamás, que una vez formó parte de algo hermoso.